Detrás de las canciones y los choripanes: El mundo oscuro de la barra brava vinculada con la política argentina
Ahora los carteles que dijeron “Va a Estar Bueno Buenos Aires” y “Mauricio es Macri” y otros con otras eslóganes penetrantes están quitando desde las paredes de la ciudad. Algunos días después de las elecciones municipales para la ciudad de Buenos Aires, los carteles políticos ya están cubiertos por una propaganda para Arnet Libre o el próximo espectáculo del “Ratón Peréz.” Este domingo pasado, mientras los porteños estaban en las urnas para la vota obligatoria, la gente que ya votó estuvo comiendo un asado en sus casas familiares, como la mía. Alrededor de bocas llenas de choripan y lomo y tapa y chinchulines, la discusión, obviamente, enfocó en las elecciones: quien va a ganar y quien debe ganar. Si no escuches bien, la discusión pueda sonar confundida porque las palabras de “voto,” “político,” ni “agenda política” aparecieron en la discusión. En cambio, la familia discutió la diferencia profunda entre Boca Juniors y River Plate y porque “Boca es la vida.” La próxima mañana fue evidente porque había está mezcla de la política y la futbolista: cuando el polvo se asentó, el nuevo Jefe de Gobierno es Mauricio Macri, el viejo presidente del Club Atlético de Boca Juniors.
Soy de California. Cuando conozco una persona norteamericana y le digo que soy de California, siempre, sin duda, la discusión va como así: me pregunta si yo surfea, si conozca un actor famoso, y, por fin, la persona hace burla de mi gobernador, el Gobernador. Arnold Schwarzenegger fue ridiculizado durante su candidatura por su profesión del actor. La gente estadounidense pensó que fue una locura que un actor puede, o debe, ser un político. Pero, digamos, California es loca en sí misma, y ya tuvimos Ronald Regan, otro actor/gobernador californiano que después se mudó desde Sacramento a Washington, D.C. para ser el presidente de los Estados Unidos.
Parece que lo mismo prejuicio contra no políticos no existe acá en la Argentina. El estereotipo de la Argentina como un país de tango bellísimo, carne riquísima, y fútbol loquísimo no es lejos de la verdad. Acá el fútbol es rey—y como rey, puede gobernar la vida política y social. Enfocamos ahora en el fútbol porque aunque el tango y la carne influyen el turismo por las milongas y las mesas, el deporte nacional de fútbol no deja tranquilamente en la cancha, pero salta afuera de los estadios como una fuerza viviente en la política, el estatus social, y contribuye a la violencia.
La fidelidad futbolista es un producto de historia común, y todos los clubes importantes tienen una historia amplia e infame. Hoy en día, la pregunta “¿Porqué sos de Boca?” es una locura y la persona no sabe como responder. La lealtad por cualquier equipo es un producto de la historia del club, y siempre es una historia entrelazada en el estatus social y la historia familiar. La respuesta usualmente es parecida a “Soy de Boca porque soy de Boca.” Fin de discusión. Página 12 publicó una encuesta del Sistema Nacional de Consumos Culturales que encontró que desde 3.051 habitantes de todo el país, 41,5% dijeron que eran de Boca y 31,8% eran de River, los dos equipos más importantes del país (Apo). Desde el barrio pobre de La Boca, los fanáticos Xenientes celebran el éxito de sus jugadores locales como Diego Maradona que se hacen leyendas mundiales. Un estudio de marzo de 2006 descubrió el hecho que todo el mundo ya sabía, que el apoyo por Boca aumenta cuando “desciende el estrato socioeconómico” (Apo).
Desde esta religión futbolista evolucionó un fenómeno particular—en vez de quedar solamente como un pasatiempo ligero o un orgullo nacional, la cultura futbolista desarrolló un aspecto pavoroso: la violencia de las barras bravas, entrelazada en la política local y nacional. La hinchada de un club es la sección popular donde los fanáticos están a pie por todo el partido: cantando, tocando los bombos, y flameando banderas grandísimas. La “barra brava” es un término para las hinchadas vinculadas con incidentes violentos. La barra brava de River Plate, “los Borrachos del tablón,” y la barra brava de Boca, “La 12,” son calificadas como “las más pesadas” de las hinchadas de la primera división (Chiappetta). Dentro de la época de 1939 (el año del primer asesinato en una barra brava) a 2000, ha documentado 138 víctimas fatales y muchos heridos, pero sólo 33 personas eran condenadas en 16 casos individuales, un ejemplo de la gran violencia al lado de la gran falta de justicia (Alabarces).
Renombrado por su dedicación al tema futbolista en la cultura argentina, el periodista Amilcar Romero establece el año 1958, el año de la tragedia infame de la Selección Nacional en el Campeonato Mundial de Suecia, como el comienzo de la “industrialización del fútbol,” un fenómeno del mundo futbolista íntimamente vinculado con las barras bravas (Romero). Antes de esta etapa, el equipo visitante era presionado por la hinchada del rival. En respuesta siguiendo la manera de la supervivencia de lo más fuerte, “morir y matar—To kill o be killed,” cada club cultivó y financió su propia hinchada para llevar a los partidos afuera de su propio estadio (Martínez). Romero compara este intensificación equilibrada a la carrera de armas de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y Rusia: “a todo grupo operativo con una mística y capacidad de producir violencia la única manera de contrarrestarlo es con otro grupo más minoritario, con tanto o má###ística para producir violencia” (Romero). Entre 1958 y 1985 documentaron 100 muertes relacionadas con las barras bravas argentinas adentro y afuera del estadio, o es decir uno cada tres meses (Romero). Romero identifica tres etapas del progreso del fenómeno de las barras bravas entre 1958 y 1985: la “espontánea” hasta 1965 en cual los barrabravas son adolescentes, la “institucionalización” entre 1966 y 1976 en cual las barras bravas son aceptadas públicamente y financiadas abiertamente para ser grupos de choque entre clubes, y la de “ganarse un lugar al sol” en cual la barra brava interviene en los asuntos internos del club—compra de jugadores, cambios de entrenadores, etcétera. (Romero).
Las barras bravas creen que su rol es proteger la identidad y el orgullo del club como un “jugador simbólico”—por lo tanto, la significación del “Jugador Doce” de Boca Juniors—que protege los símbolos, los colores, y el estadio del club. En un ejemplo espantoso, un jefe policial dijo que fue asustado cuando interrogó a los pibes de una barra brava y ellos contaron sobre hechos de violencia futbolera anteriores a su nacimiento: “Es que si uno es hincha de un club asume la historia, sabe de antemano cuál es la otra barra con la que se tienen cuentas pendientes” (Martínez). El gran orgullo local y nacional que viene con el apoyo de su equipo familiar empieza a explicar la importancia del deporte en el alma argentino, explica porque algunos fanáticos toman este fanatismo a un nivel peligroso, y explica porque algunos políticos piensen que es imprescindible utilizar este furor para la gana política.
Con la industrialización del fútbol, los fanáticos dejaron el estatus informal y ahora las barras bravas forman una parte oficialmente financiada por los clubes. A niveles varios, poco a poco, al principio los dirigentes provienen los choripanes, luego las entradas y las banderas, y finalmente la transportación y el alojamiento para los partidos afuera del estadio (“Los orígenes”). [] Las barras bravas, en vuelta, dan intimidación al otro equipo, a sus propios jugadores y entrenadores para firmar contractos, y a los oponentes políticos de los dirigentes en sus candidaturas para dirigencia del club y también en las candidaturas políticas (“Los orígenes”). [] Poco a poco, las barras bravas se hacen más inmanejables.
Con la intimidación de las barras bravas, viene la violencia y solamente los financieros pueden parar la plata que financia esta violencia. Raúl Gámez, dirigente de Vélez, dice que “Las barras bravas son un cáncer sin cura…un fenómeno moderno difícil de extirpar” porque los financistas, “que le arma el negocio y le permite que del terror haga su medio de vida” no van a terminar la financiación a las barras bravas, sus exitosos ejércitos privados (Chiappetta). Como Romero dice, “El fútbol de alta competitividad es el negocio de los sponsors, de la televisión, etcétera. La violencia también es parte del negocio, tanto en la policía, como en lo mediático, como en quien sea. Es parte del negocio, es irreversible y va a seguir creciendo” (Martínez).
“Sí no puedas pararlas, úsalas,” puede ser un eslogan para los dirigentes de los clubes con aspiraciones políticas: “Los dirigentes y los políticos se valen de las barras y las usan,” dice Miguel Angel Pierre, el abogado de algunos socios de La Doce (“Barras”). Un dirigente político entrevistado por Clarín bajo estricto anonimato dice que “Si no te da una mano estos muchachos de las barras, es difícil que puedas ganar una elección” (“Barras”). El vínculo entre la política y el fútbol hoy en día es cada vez más irrompible, de nuevo otro ejemplo del sentimiento de la supervivencia de lo más fuerte.
Las instancias numerosas de nombres repetidos en los ambos mundos del fútbol y de la política muestran que estos mundos no son tan separados como se piensa: casi cada club tiene algún dirigente que tenía, tiene, o quiere una oficina política. En la campaña política de un importante municipio del Gran Buenos Aires en 1999, el candidato que tuvo la ayuda de hinchas de un club de Ascenso perdió la elección a su rival que tuvo el apoyo más fuerte de “los Borrachos del Tablón,” la barra brava de River (“Barras”). El apoyo de los Borrachos—para pintar paredes, pegar afiches, hacer flamear banderas y garantizar la seguridad en los actos de la campaña—ganó miles de votos por el precio de 25 mil dólares (“Barras). Otros ejemplos: Eduardo Duhalde empleó a El Gitano, un conocido hincha de Independiente en sus publicidades de televisión para su campaña para la presidencia; Roberto Digón es vicepresidente de Boca, gremialista y ex diputado; Hugo Curto es intendente de Tres de Febrero y vinculado con Estudiantes; y los presidentes de Racing—Juan De Stéfano, Osvaldo Otero y Daniel Lalín—tuvieron oficinas políticas (“Barras”). También, se dice que el ex ministro Carlos Corach tuvo el apoyo de las barras bravas de Chicago y de River, que la barra brava recibió 2.000 pesos para exhibir la bandera “Scioli en el deporte” (“Barras”). En general, se dice que la Cámara está llena de políticos con por lo menos tiene un vínculo a una barra brava (“Barras”).
Volvemos a Mauricio Macri que asumió la presidencia de Boca Juniors en 1995 y que asumió la oficina de Jefe de Gobierno de Buenos Aires hace pocos días. Durante el primer año de su presidencia del club, renovó el estadio La Bombonera. Modernizó la estructura y embelleció con murales de pintados por artistas nacidos en La Boca, incorporando en la apariencia física del “templo del fútbol” (como Diego Maradona lo calificó) lo tradicional y una mirada al futuro en la apariencia física (Di Giano 51-52). Macri también cambió mucho de la estructura de la institución del club, y por eso estuvo controversial por su intento a reducir la influencia de la barra brava en los asuntos internos del club: “En el marco de dichas controversias Macri convenció rápidamente a los socios de Boca Juniors, quienes quedaban cada vez más marginados de las decisiones importantes como sucedía también en otros clubes, que dejaran en manos de quienes realmente ‘saben’ cuestiones primordiales como eran los aspectos económicos y financieros de la institución” (Di Giano 54). Esa acusación volvió a la superficie durante esta campaña recién por el jefe del gobierno. La oposición apegó afiches con el eslogan “Mauricio es Macri,” describiendo que lo que Mauricio promesa y lo que Macri hace en posiciones de poder son cosas distintas.
Aparte de lo que crees sobre Macri, se dicen que sus “aires de renovación pronto impactarían en el resto de la comunidad futbolística” (Di Giano 51). Ahora hay pasos a parar la repetición de la historia cruenta. Una nueva reglamentación de la FIFA dice que a partir de 2008 todos los espectadores necesitan contar con un asiento—algo que puede parecer extraño en su simplicidad pero que puede improbar la intensidad de la turba (Romero). Como ya dijimos, las barras bravas son definidas como una muchedumbre de fanáticos que cantan, gritan, y saltan, parados a pie, por todo el partido, y la potencia para luchas es más grande. Esta regla es un paso en el otro rumbo de la tragedia de 1916 en el partido entre Argentina y Uruguay cuando 40 mil personas entraron el estadio cuando solamente 20 mil cabían—y solamente 18 policías estuvieron presentes en la cancha (“Los orígenes”).
En cualquier país, el mundo político y el mundo deportivo hoy en día son espectáculos dirigidos por y para la plata del pueblo. En la Argentina especialmente, la pasión futbolista ha convertido en otra función de los políticos a juntar apoyo y votos: “Los barrabravas modernos han convertido lo que alguna vez fue pasión por un club en una verdadera profesión. Que no requiere títulos oficiales, que tiene un alto grado de riesgo y que—en muchos casos—está bien remunerada. Entonces, los que el sábado o domingo son barrabravas futboleros, en la semana pasan a ser mercenarios que se venden al candidato que más pague” (“Barras”).
Entonces, ¿Qué se puede hacer con esta situación del ciclo amargo, cuando los políticos apoyan la violencia de las barras bravas que apoyan a sí mismos a ganar el cargo político? Romero fue preguntado si está al punto imprescindible a parar el fútbol completamente, y respondió que cree que “hay que privatizar la violencia…[que los dirigentes] se encarguen del control de su gente….El problema de la violencia en el fútbol es un problema de los dirigentes” y estos dirigentes “no se pueden hacer los inocentes. No se puede tener semejante barra de pesados, pagarles, mantenerlos y después decir ‘no me mate gente en el living’” (Martínez). Detrás del gran espectáculo de los papelitos, los bombos, las banderas y la selección extensiva de canciones glorificando sus jugadores queridos y denigrando la masculinidad del rival, y, obviamente, acompañado con un chori, existen vínculos oscuros entre los fanáticos, la violencia, la política, y lo que maneja todo: la plata.
Bibliografía
Alabarces, Pablo. Peligro de gol. Buenos Aires: 2000.
Apo, Alejandro, Diego #####, Guillermo Salatino, Víctor Hugo Morales. Jugados: crítica a la patria deportiva. Buenos Aires: 1999.
“Barras: la oscura mano de obra de muchos políticos.” www.clarin.com. 16 de mayo de 2000.
Chiappetta, Julio. “Qué lugar ocupa cada una de las barras bravas.” www.clarin.com. 5 de septiembre de 2006.
Di Giano, Roberto. Fútbol y cultura política en la Argentina: identidades en crisis. Buenos Aires, Leviatán, 2005.
“Los origenes de un mal sin remedio.” www.clarin.com. 15 de mayo de 2000.
Martínez, Facundo. “Las barras aparecen con la industrialización del fútbol: Amílcar Romero, periodista especializado en violencia futbolera y autor de Muerte en la cancha.” www.pagina12.com. 13 de julio 2003.
Romero, Amílcar G. Muerte en la cancha. Buenos Aires, Editorial Nueva América: 1986.
